despedir.
(Del lat. expetĕre).
4. tr. Alejar, deponer a
alguien de su cargo, prescindir de sus servicios. Despedir al criado,
las tropas. U. t. c. prnl.
6. tr. Acompañar durante algún
rato por obsequio a quien sale de una casa o un pueblo, o emprende un viaje.
7. tr. Dicho de una costa, de
un cabo o de una punta: Extender hacia el mar algún arrecife u otro obstáculo.
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¿Qué
sensación te produce escuchar o leer la palabra despedir? A mí, una no muy buena. Rara, como si la tristeza me
diera una palmadita en la espalda.
Me
di cuenta de cuántas despedidas hay en nuestra vida, veamos estas expresiones:
chau, adiós, hasta luego, hasta siempre, hasta nunca, nos vemos, hasta mañana,
buen fin de semana, son bastante comunes. Algunas las decimos casi a diario,
otras en momentos especiales.
¿Por
qué percibo que la tristeza me da una palmadita en la espalda cuando leo la
palabra despedir? Es porque mi mente
evoca una imagen triste: el entierro de mi mamá. Esa fue una despedida, un hasta siempre. Porque, aunque no la vea,
ella vive en mi memoria. Ese ritual del adiós a un ser querido que fallece, es
uno de los más dolorosos. Creo que uno se llora a sí mismo, porque se queda
solo.
Eso
es solo una parte de mi historia. Cuando cumplí veinte años, decidí que me iba
a independizar, me fui de mi casa hasta hoy. Me despedí de la gente que me
rodeaba: mi papá, mi hermana y amigos. Me parece que no hicimos ninguna
despedida importante, solo un chau a todos y me fui. El ritual en este caso fue
rápido. Nunca más volví a mi casa, armé mi camino en estas tierras y decir
adiós tuvo un costo importante. Valió la pena, fue para crecer, madurar y ser
quien soy ahora.
También
recuerdo mi despedida de soltera. Ese es otro ritual, muy divertido donde entre
amigas se dice hasta nunca a la soltería (qué miedo). De un estado civil se
pasa a otro y ya no se puede volver al anterior. Es bueno recordar que toda despedida
tiene una consecuencia cuando se alejan situaciones, personas o estados
civiles. Es una forma de reescribir nuestra vida.
Cuando
pronunciamos la expresión de despedida, eso es despedirse. Que lo diga ya tiene
un peso en la realidad que exige su cumplimiento. Muchas veces, al hablar por
teléfono decimos chau a un amigo y nos quedamos charlando media hora más. Pero tarde
o temprano se ejecuta esa sentencia que marcó solo una palabra: chau.
Hay
una costumbre, quizás venga de los europeos, de saludar en la puerta al que se
va. Casi todos los veranos de mi vida los pasé en Misiones, en casa de mis
abuelos. Cuando llegaba el día en que nos teníamos que volver a Buenos Aires, nos
saludábamos todos dentro de la casa: abrazos y besos. Después, nos subíamos al
auto y ellos se quedaban en el portón agitando las manos, con forma de ochos en
el aire, despidiéndose mientras el auto se alejaba, miraban cómo nos íbamos
achicando en el horizonte. Este ritual trata de prolongar la presencia de los
demás la mayor cantidad de tiempo posible. Mientras te veo no te fuiste del
todo.
¿Te
pasó, alguna vez, que tenías visitas en tu casa y no se iban más? Se hicieron
las 2 a.m., tus hijos no se duermen, vos no das más de sueño, pero los
invitados están con un entusiasmo contando las mil y una aventuras que vivieron
cuando se les rompió el caño de la cocina. Qué insoportable. ¿Cómo hacer para
que se vayan? No querés ser descortés, es gente que cae bien, solo tenés sueño.
No podés pronunciar ninguna de las expresiones de la despedida. Entonces,
empezás a caminar, a juntar la mesa, a lavar los platos, a barrer, vas al baño,
te sacás el maquillaje, bueno un poco exagerado lo mío, pero algo así. Este tipo
de situaciones tienen arreglo, si hay confianza se blanquea que uno tiene sueño
y listo.
Me
pregunto qué sucede con personas que pululan a nuestro alrededor y a las que
queremos decirles un HASTA NUNCA enorme, y no nos sale. ¿Qué hay de situaciones
agobiantes a las que les decimos chau,
pero con cara de hasta mañana? Y se
repiten y se repiten. ¿Qué rituales debemos realizar, con humo, con palabras
mágicas, danzas o polvos de colores para que nos apartemos de lo que nos daña?
A veces, no alcanzan las palabras para que se efectivice el adiós. Tal vez
necesitemos saludar desde la puerta hasta asegurarnos de que esa figura se
esfumó en el horizonte.
A
cada circunstancia le cabe mejor alguna expresión depende de lo que necesites:
soltar, desprenderte, arrojar con violencia, difundir, esparcir, apartar,
alejar, deponer a alguien de un pedestal, decir en voz alta la palabra de
separación de alguien o renunciar a la esperanza de que algo cambie
mágicamente, sin una intervención de tu parte.
La
idea de algunas despedidas es mantener una sana distancia para luego volver a
acercarnos. Hacer lugar para nuevas situaciones y experiencias. Otras veces, un
hasta nunca o un hasta siempre son adecuados.
Escuchemos nuestra intuición para
no traicionarnos, ya lo dijo Cerati en una de sus preciosas canciones: “Poder
decir adiós es crecer”. Después de todo, sin despedidas no hay bienvenidas.
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