distancia.
(Del lat. distantĭa).
5. f. Geom. Longitud del segmento de recta comprendido entre un punto y el pie
de la perpendicular trazada desde él a una recta o a un plano.
guardar las ~s.
1. loc. verb. Observar en el trato con otras personas una actitud que excluye
familiaridad o excesiva cordialidad.
Cuando
cumplí veinte años me fui de mi casa. Me
independicé. Soñaba con vivir sola, con ganar mi dinero y hacer lo que me venía
en gana, pensé que sería libre y feliz. No fui ni tan libre ni tan feliz.
Omití
el detalle de que me fui —según Google— a 1063 km de mi casa. En auto se
tardan: 11 hs 53 min, en avión: 1 h 30 min. Me deprime un poco ver que el vuelo
dure tan poco y que por falta de dinero no haya viajado más veces. En 11 años, tampoco
mi familia vino tantas.
Ahora
me doy cuenta de que hay varios 11 en
este párrafo, en la numerología significa algo muy potente. No me quiero ir por
las ramas, pero la simbología de los números es muy interesante.
La
distancia física es una cosa, el desafecto entre personas es otra. Quizás una
lleva a la otra. Los caminos que hay que recorrer en ambos casos son
trabajosos, cuestan dinero o cuestan orgullo. Se puede volar y llegar
rápidamente al otro lado o se puede ir en auto tranquilos sin apuro como si
tuviéramos tiempo de sobra.
Siempre viví lejos de la familia de mis padres
y ahora vivo lejos de mi papá y de los demás parientes. Diría que estoy
acostumbrada, me resultaría raro almorzar todos los domingos con él o con otros
familiares. Vivir lejos de alguien no significa estar lejos. Alejarse es un
acto del interior, una decisión del corazón. Si estoy lejos de alguien es
porque no digo cosas que siento, ni las que pienso ni comparto las ideas que se
me cruzan por la mente. Alejarse es otra cosa.
Por
ejemplo, tengo una amiga que vive en Alemania, cada vez que chateo con ella me
siento como si estuviéramos tomando un té en su casa. Los temas que hablamos
nos acercan, claro que sería bárbaro verla cara a cara, pero esos miles de kilómetros
se vuelven nada cuando comenzamos a charlar.
Conozco
a mucha gente que se fue de su casa a vivir muchísimo más lejos que yo y se ve
más seguido con su familia. Yo no tenía adonde recibir a nadie y quizás por eso
no venían. Es lo que imagino, nunca lo pregunté ni ellos me preguntaban
demasiado qué necesitaba. En fin. Así las cosas, pasaron 11 años sin visitas
recurrentes.
El
espacio o intervalo de lugar que media entre mis seres queridos se podría
acortar bastante si de las dos partes hiciéramos el mismo esfuerzo en volar, tomar
un colectivo o venir en auto hacia un punto medio. Nunca se nos ocurrieron esas
ideas. Ellos tienen autos y camionetas, yo no. El que se fue tiene que volver,
siempre, gastar el dinero que no tiene para cumplir con el deber de visitar. Son
cosas que no se dicen, pero se saben.
Con
el tiempo dejé de extrañarlos, dejé de pensar en sus vidas, tampoco ellos
pensaban mucho en la mía o no lo demostraron, ni idea. Cuando digo familia incluyo a los abuelos,
tíos, primos. Todos los que tengamos vínculo de sangre. Sí, a algunos quiero
más que a otros, pero los vínculos se construyen con distancia o sin ella. Hasta creo que varios no me conocen.
Quizás es algo común, todas las familias tienen esa tensión entre el estar biológicamente conectados y el ser familiar con el otro. A mí me es más familiar una amiga que cualquiera de ellos.
Quizás es algo común, todas las familias tienen esa tensión entre el estar biológicamente conectados y el ser familiar con el otro. A mí me es más familiar una amiga que cualquiera de ellos.
La
distancia también es una actitud: no estar, no llamar, no preguntar, no
interesarse, no viajar, no proponer puntos de encuentro, no escribir, preguntar
y no escuchar, escuchar sin atención. Son actitudes que se toman para poner
distancia, para alejarse. Es todo lo que suelo hacer si no me interesa una
persona. Algunas veces mi mente lucha: lo
digo o no lo digo y ahí gana la actitud: la acción, en vez de solamente decir,
hago y demuestro lo que quería expresar.
Por
otra parte, mi manera de estar presente y acortar distancias es así: conversando
o escribiendo, no voy mentir y decir que estoy siempre físicamente, porque no
es verdad. Estoy, los que me quieren y
quiero me encuentran fácilmente. Quizás yo no supe entender cómo los demás acortan sus distancias.
Desde
mi lado, que es el del que se va. La distancia fue dura. Estar sola y saberme
sola. Esa fue mi sensación y mi decisión. Del otro lado hubo silencios, y no sé
qué decían esos silencios.
Hablaron y los interpreté como una orden de hacéte
hombre sé fuerte y aguantá cualquier situación, porque vos lo elegiste, te
fuiste así que ahora viví esa vida que soñabas. Quizás mi orgullo no quería ir
a pedir ayuda, pero el pedir lo aprendí hace muy poquito, así que no me voy a
exigir en retrospectiva.
Todo
eso me lleva a pensar en el “dilema del erizo” de Schopenhauer. Donde la imagen
sería esta: un día muy helado, un grupo de erizos buscan mantener el calor, pero si
se acercan se hieren y si se alejan demasiado, se mueren de frío.
Y
yo, no me quiero morir de frío.
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