17/05/2012
En la ciudad de Buenos Aires hay muchas calles
especiales, muchas esquinas con olores imborrables. Esta en particular es
especial para mí. Es mi primera esquina, mi primer departamento. Alquilado,
pero mío al fin.
Ciudad de la
Paz y Quesada. Esa fue mi esquina. En Marzo del 2011 fui a vivir a media cuadra
de ahí. Era un departamento pequeño, 20 m2, muy luminoso. No, no se los quiero
vender. Pero no puedo ser objetiva, era hermoso. El piso era de color marrón
claro. Mi casa tenía una ventana grande. Una mesada con una pileta para lavar
los platos y al lado un anafe. Yo dormía en el piso con un colchón prestado.
Tenía dos placares pequeños y estantes cerca del techo donde iban todos mis
libros.
Ese lugar fue
mi refugio durante varios meses. Lo llamo refugio porque nunca había sentido
esa protección que dan los lugares. Traté que por donde yo anduviera tenga mi
color, se parezca a mí con mis fotos, mis cuadros, mis libros que me han
acompañado a lo largo de estos ocho años sola en Argentina. Pasé por
residencias de estudiantes donde había olores que no me pertenecían. Paredes y
cortinas de otras personas que no podía tolerar. Personas con quienes convivir
que lo único que hicieron fue que yo me escondiera y me retrajera en mi
habitación. Siempre anhelé mi lugar en esta ciudad.
Mi esquina
tenía una casa blanca con gruesas rejas negras. Un árbol, que cuando daba
flores se teñía de color magenta. Al llegar a ella sabía que estaba segura, a
unos metros estaba mi hogar. Compraba unas frutas y subía al 8 “A”. Encendía el
televisor que me había regalado una compañera de trabajo. Era de esos con
botones, muy viejo. Preparaba unos mates y me ponía a leer, siempre y cuando no
fuera a Pilates.
He pasado por
tantas soledades, pero ninguna fue tan hermosa y cálida como la de aquél
momento. Yo sentía que era mi preparación para algo mejor. Tenía insomnio.
Había algo que no estaba resuelto en mi vida. No me dejaba descansar noches
enteras. No se lo deseo a nadie. Es muy desesperante no poder conciliar el
sueño.
Pasar por
problemas internos a veces es peor que lo que ocurre fuera. Dentro de mi cabeza
corrían pensamientos constantemente. Con mucha tristeza en el alma tomaba el
subte cada día para ir a trabajar. No podía más.
Hasta que decidí
volver a la Fuente de vida y todo se ordenó, el caos interior comenzó a
ordenarse. Creo que aún sigo en ese camino.
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