sábado, 5 de agosto de 2017

Carolina, un cuento que nunca terminé

Carolina salió con mucha tranquilidad, contando baldosas, silbando bajito. Puso música, se acomodó los auriculares porque suelen cobrar vida y salirse de las orejas. Carolina caminaba sin ninguna preocupación aparente.
Ella está de novia hace varios años, estudia Astrología y Tarot. Habla alemán, inglés y griego. Siempre le interesaron los astros y le resulta divertido ver causas en el universo que expliquen las malas decisiones de gente que no se quiere hacer cargo, por supuesto, tal como lo hace ella. Se divierte, le intrigan esas cosas de energías raras, buenas y malas, que pululan a su alrededor. Los idiomas le resultan fáciles. Fue a un colegio germano bilingüe y porque su familia materna inmigró de Grecia, habla griego.

Sus padres un contador y una psicóloga no pueden entender su predilección por lo esotérico. Es todo un misterio para ellos y nunca revelan a sus conocidos a qué se va a dedicar la nena.

Continuará...

#TBT

Hoy tengo 33 y monedas, una hija de 6 meses y me reencontré con este texto. Que bueno darme cuenta de que fui fiel a mis promesas. Aquí va:

A dos días de cumplir 29 años, me encuentro en casa. Mi esposo duerme. Ayer pasamos una noche hermosa junto a unos amigos y mi hermana.
Me encuentro pensando tanto que fui inspirada a escribir. Sé que las palabras hacen de nosotros una eternidad. Quiero decir: nos perpetúan, nos hacen imperecederos. Quisiera que mis hijos, nietos y biznietos puedan leer mis anotaciones. No son más que eso, anotaciones.

Miraba un programa de televisión donde una mujer se lamentaba por no haberse despedido de su hermano que falleció a los 28 años ¡mi edad actual! Ella decía que él no había vivido ni un tercio de su vida. Que vano es preocuparse por cosas pequeñas de la vida cuando hubo gente que no pudo llegar a alcanzar sus  metas, sueños, proyectos… y cuántas cosas más.

Al instante me invadieron estos pensamientos: No quiero ser de esas personas que se den cuenta de viejos lo que se debe valorar en la vida. Quiero aprenderlo ahora. Quiero darme cuenta a qué cosas les doy importancia en demasía y que otras las tomo como cotidianas, las doy por sentado y en realidad son las que me hacen verdaderamente feliz.
Recuerdo en otros tiempos: estar sola, enojada, triste, rebelde contra todo lo que veía a mi alrededor. 

Gracias a Dios me amigué con mi entorno, conmigo misma. Trabajo en mi interior las cosas que quiero cambiar y trato de disfrutar al máximo este tiempo que es hermoso, mi primer año de casada. No hay momento que sea igual a otro, todos son buenos, diferentes y me llenan el corazón. Al estar con Lucho me veo a mi misma, tengo una identidad única, nadie se parece a mi, nadie es como yo, ni yo seré como alguna otra mujer.

Estar en familia cuando se presenta la oportunidad, amar la naturaleza, mirar el cielo, cantar una canción que nos gusta, leer un buen libro, caminar de la mano de un ser amado, un abrazo, una mirada, una sonrisa, una caricia… uff todo esto me hace feliz.
Pensar que no hay otra vida, no hay cuerpo de repuesto, conlleva una responsabilidad que también es muy sabio manejarla para que el disfrute sea pleno. No creo para nada que el descontrol o los excesos traigan satisfacción al ser humano. Es más, considero que lo empobrece y disminuye como ser libre y capaz de lograr un equilibrio en cada cosa que realiza.

Me prometo a mí misma: disfrutar este año mucho más que el 2012, llorar cuando tenga ganas, reír cuando me tiente y callar cuando no sea necesario decir lo que pienso. Bailar cuando escuche esos temas que me hacen mover el cuerpo casi sin pensarlo, respetar mis opiniones, decirlas y ser coherente con mis principios.

Me prometo ser una amiga presente, que ama y cuida a sus amistades como ellas me cuidan a mí. Porque entendí que —si existe[Dam1]  Dios— se muestra con amor entre las personas con gestos, actos y palabras.
Me prometo ser la mejor versión de mi misma, eliminando esas cosas que me atan, me hacen sentir mal. Ser transparente cada día más y hablar con propiedad de acuerdo con la ocasión.
Hago mía esta frase que es el título de un libro: EL MEJOR LUGAR DEL MUNDO ES AQUÍ MISMO.

Dámaris Pettersson.
06/01/13





 [Dam1]Modificado el 05_08_2017

domingo, 30 de agosto de 2015

Ana



importancia.
(De importante).
1. f. Cualidad de lo importante, de lo que es muy conveniente o interesante, o de mucha entidad o consecuencia.
2. f. Representación de alguien por su dignidad o cualidades. Hombre de importancia.

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¿Quién no habrá sentido culpa alguna vez? Por comer demás, por no decir lo que pensaba en el momento adecuado, por no cumplir con algún deseo del otro.
Cuando siento culpa por alguna acción o falta de acción, me pregunto acerca de la importancia del asunto. Me di cuenta de que lo importante se mide por sus consecuencias. Si siento culpa es porque creo que la consecuencia será negativa para mí y no estoy dispuesta a atravesar ese momento.Quiero contarles la historia de Ana, quien fue llevada desde bebé a una iglesia. Qué mejor contexto para hablar de culpa, ¿verdad? Allí creció de fin de semana en fin de semana, porque la semana era algo que transcurría como lo pagano, como el momento de estar entre los otros, que no iban a la iglesia (al menos no a la de ella). Lo importante sucedía los sábados y domingos cuando se reunían en un templo a cantar y a leer la Biblia. Ese era el momento donde se aprendía a vivir: la moral, las virtudes, los pecados, las penitencias y lo sagrado todo tenía que ver con aprender a vivir. La incongruencia se les escapaba por el hecho de que se hablaba del cielo, de la vida después de la muerte y casi todas las metas que debía lograr un ser humano eran en extremo duras, sufridas. Casi todo lo que nos configura como seres humanos está mal, esa fue una de las premisas que aprendió Ana durante su infancia. Cómo no aceptar el amor divino si era un regalo. Era irrechazable, el bien más preciado: la vida eterna. Todas las certezas se enseñaban por allí. Ana no reflexionaba mucho acerca de estas cosas porque era muy niña. Ahora piensa, después de haber leído bastante.Ana vivía con culpa, ella quería ser un ejemplo, ser una buena persona, ser moralmente pura, pero nada de eso era real en su vida. Entonces cada palabra, cada acción estaba guiada por ese sentimiento de pesadez de no estar haciendo nada bien. Podemos pensar “pobre, Ana, qué tonta dejarse influenciar así”. No, mis queridos, estas cosas se aprenden. No la encerraron en un garaje con un video las veinticuatro horas al día durante una semana para hacerle un lavado de cerebro. Estos comportamientos y maneras de sentir se traspasan de adultos a niños, de pastores a filigreses, de maestros a alumnos. Un día te hacen sentir que está mal que faltes a una clase de escuela dominical, otro día te hacen notar que te olvidaste de leer en la semana la parte de la Biblia que te habían indicado, otro que no aprendiste tal versículo de memoria o te olvidaste la Biblia en tu casa. Y como toda niña, Ana, quería encajar y ser parte de ese grupo con el que estaba obligada a interactuar. Entonces, aprendió versículos, leyó la Biblia en un año con un método que le dieron en la iglesia. No entendió nada, pero si preguntaba tampoco le satisfacían las respuestas agarradas de los pelos. Ellos tenían solo aseveraciones, declaraciones verdaderas por lo que ellos afirmaban. Ana solo tenía preguntas.Fue así, como ella comenzó a sentir culpa cada vez que tenía sueño y no quería levantarse para ir a la reunión o quería desayunar tranquila en su cama. No le gustaba la gente, no era gente que ella elegiría, por diferentes motivos: la hacían sentir mal, la cargaban si preguntaba algo con un tono de duda, no tenían la misma edad, tampoco eran sus amigos, algunos eran malos de por sí y otros, por boludos.Este sentimiento ruin comenzó a vivir en ella y fue el motor de muchísimas acciones o decisiones que tomó de ahí en adelante. Tan triste se sentía Ana, que se quería morir. Una vida así no era como describían las enseñanzas de Jesús, pero así vivían los adultos. Era lo que enseñaban sin palabras sus padres y maestros. Cumpliendo con tareas cada fin de semana porque se requería eso de ellos. Escuchaba quejas y críticas. Se perdió todo contacto con su familia de sangre porque tenían que estar todos los fines de semana con esta otra gente que andá a saber de dónde salieron. Ana se perdió cumpleaños, casamientos, nacimientos y reuniones familiares todo por la iglesia. Por estar con gente que no le sumó nunca nada. Ah, sí, algo sumó: la culpa.Ana atravesó la adolescencia y juventud muy depresiva. Imaginen hacer casi todo por culpa. Tener amigos por culpa porque hay que ser abiertos a todos, amar a todos. Dios mira el corazón decían, bueno, pero Ana no lo veía. Ana no ama a todos, ama a algunos y son bien pocos.Todo esto sufrió hasta que se dio permiso para dudar, para replantearse la vida que le quedaba por vivir. Al principio no se daba cuenta de que lo que buscaba era sacudirse de la culpa del hacer, vivir y estar para los demás. Creía que su enojo con todos era algo natural de la edad, pero los años pasaban y ese enojo no se iba. Todo esto se había hecho carne en ella, era parte de su conformación como mujer. Ella hasta creyó que esto la definía.El cuento mental que le inculcaron desde niña −con muy buenas intenciones, pero con las peores consecuencias− resultó ir en contra de sí misma, de sus gustos, pasiones y deseos. Tanto le habían dicho que tenía que morir a sí misma, que casi lo logra. Matarse. Internamente, claro. Todo lo que componía su estructura única de ser humana se adormeció durante largo tiempo, para que ya no viva ella, sino Cristo. Una suerte de enajenación. Irse de sí misma para que otro ocupe el lugar.Menos mal que Ana era adicta a mirarse en el espejo, por lo tanto, no logró irse del todo. Se quedó en un rincón leyendo a Simone de Beauvoir, esperaba su momento.  Las cosas fueron acomodándose en su cabeza y nunca más tuvo miedo de preguntarse por la importancia de las cosas. Descubrió que había otras mujeres de esta y de épocas pasadas que vivieron situaciones similares y salieron adelante, se reinventaron y no se avergonzaron más por no ser tan morales ni se castigaron tanto por no llegar temprano a una reunión sin sentido. Su ser era maleable, podía modificar y cambiar piezas de lugar.Ana aprendió que si se preguntaba cuán importante era esto o aquello para ella, podría enfrentar las consecuencias sean buenas o malas. Adiós a la culpa y bienvenido el bien vivir. “El mundo es una pregunta”.Cuando la historia de Ana llegó a mí, no pude más que identificarme, no pude juzgarla ni quiero que lo hagan ustedes. Es su vida, su versión y su mirada de las cosas.

Para mí, lo importante es qué haremos nosotros con la propia.






miércoles, 12 de agosto de 2015

Distancia

distancia.
(Del lat. distantĭa).
1. f. Espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos.
2. f. Diferencia, desemejanza notable entre unas cosas y otras.
3. f. Alejamiento, desvío, desafecto entre personas.
4. f. Geom. Longitud del segmento de recta comprendido entre dos puntos del espacio.
5. f. Geom. Longitud del segmento de recta comprendido entre un punto y el pie de la perpendicular trazada desde él a una recta o a un plano.
guardar las ~s.
1. loc. verb. Observar en el trato con otras personas una actitud que excluye familiaridad o excesiva cordialidad.

Cuando cumplí  veinte años me fui de mi casa. Me independicé. Soñaba con vivir sola, con ganar mi dinero y hacer lo que me venía en gana, pensé que sería libre y feliz. No fui ni tan libre ni tan feliz.

Omití el detalle de que me fui —según Google— a 1063 km de mi casa. En auto se tardan: 11 hs 53 min, en avión: 1 h 30 min. Me deprime un poco ver que el vuelo dure tan poco y que por falta de dinero no haya viajado más veces. En 11 años, tampoco mi familia vino tantas.
Ahora me doy cuenta de que hay varios 11 en este párrafo, en la numerología significa algo muy potente. No me quiero ir por las ramas, pero la simbología de los números es muy interesante.

La distancia física es una cosa, el desafecto entre personas es otra. Quizás una lleva a la otra. Los caminos que hay que recorrer en ambos casos son trabajosos, cuestan dinero o cuestan orgullo. Se puede volar y llegar rápidamente al otro lado o se puede ir en auto tranquilos sin apuro como si tuviéramos tiempo de sobra.

Siempre viví lejos de la familia de mis padres y ahora vivo lejos de mi papá y de los demás parientes. Diría que estoy acostumbrada, me resultaría raro almorzar todos los domingos con él o con otros familiares. Vivir lejos de alguien no significa estar lejos. Alejarse es un acto del interior, una decisión del corazón. Si estoy lejos de alguien es porque no digo cosas que siento, ni las que pienso ni comparto las ideas que se me cruzan por la mente. Alejarse es otra cosa.
Por ejemplo, tengo una amiga que vive en Alemania, cada vez que chateo con ella me siento como si estuviéramos tomando un té en su casa. Los temas que hablamos nos acercan, claro que sería bárbaro verla cara a cara, pero esos miles de kilómetros se vuelven nada cuando comenzamos a charlar.

Conozco a mucha gente que se fue de su casa a vivir muchísimo más lejos que yo y se ve más seguido con su familia. Yo no tenía adonde recibir a nadie y quizás por eso no venían. Es lo que imagino, nunca lo pregunté ni ellos me preguntaban demasiado qué necesitaba. En fin. Así las cosas, pasaron 11 años sin visitas recurrentes.

El espacio o intervalo de lugar que media entre mis seres queridos se podría acortar bastante si de las dos partes hiciéramos el mismo esfuerzo en volar, tomar un colectivo o venir en auto hacia un punto medio. Nunca se nos ocurrieron esas ideas. Ellos tienen autos y camionetas, yo no. El que se fue tiene que volver, siempre, gastar el dinero que no tiene para cumplir con el deber de visitar. Son cosas que no se dicen, pero se saben.
Con el tiempo dejé de extrañarlos, dejé de pensar en sus vidas, tampoco ellos pensaban mucho en la mía o no lo demostraron, ni idea.  Cuando digo familia incluyo a los abuelos, tíos, primos. Todos los que tengamos vínculo de sangre. Sí, a algunos quiero más que a otros, pero los vínculos se construyen con distancia o sin ella.  Hasta creo que varios no me conocen. 

Quizás es algo común, todas las familias tienen esa tensión entre el estar biológicamente conectados y el ser familiar con el otro. A mí me es más familiar una amiga que cualquiera de ellos.

La distancia también es una actitud: no estar, no llamar, no preguntar, no interesarse, no viajar, no proponer puntos de encuentro, no escribir, preguntar y no escuchar, escuchar sin atención. Son actitudes que se toman para poner distancia, para alejarse. Es todo lo que suelo hacer si no me interesa una persona. Algunas veces mi mente lucha: lo digo o no lo digo y ahí gana la actitud: la acción, en vez de solamente decir, hago y demuestro lo que quería expresar.

Por otra parte, mi manera de estar presente y acortar distancias es así: conversando o escribiendo, no voy mentir y decir que estoy siempre físicamente, porque no es  verdad. Estoy, los que me quieren y quiero me encuentran fácilmente. Quizás yo no supe entender cómo los demás acortan sus distancias.

Desde mi lado, que es el del que se va. La distancia fue dura. Estar sola y saberme sola. Esa fue mi sensación y mi decisión. Del otro lado hubo silencios, y no sé qué decían esos silencios. 

Hablaron y los interpreté como una orden de hacéte hombre sé fuerte y aguantá cualquier situación, porque vos lo elegiste, te fuiste así que ahora viví esa vida que soñabas. Quizás mi orgullo no quería ir a pedir ayuda, pero el pedir lo aprendí hace muy poquito, así que no me voy a exigir en retrospectiva.

Todo eso me lleva a pensar en el “dilema del erizo” de Schopenhauer. Donde la imagen sería esta: un día muy helado, un grupo de erizos buscan mantener el calor, pero si se acercan se hieren y si se alejan demasiado, se mueren de frío.

Y yo, no me quiero morir de frío.  

miércoles, 15 de julio de 2015

Rita



Rita se levantó esa mañana, se hizo un café con leche, dos tostadas y prendió el noticiero para ver la temperatura. Siempre protestando, por supuesto, porque no logra explicarse el tiempo que le dedican al clima en un canal de televisión. No en uno, en todos, mejor dicho. El tiempo es oro, pero ella nunca vio un peso. Se apuró a terminar el café con leche. Abrió la ducha, esperó que se caliente el agua, mientras tanto preparaba las toallas con las que se seca el cuerpo y el pelo. Todo rápido, porque ¿qué pasaría si pierde ocho subtes?, como suele ocurrir en Buenos Aires, ¿a qué hora llegaría, qué le dirían sus compañeras, su jefe, qué desastre se aproximaría si ella no sale a tiempo de su casa, no llegaría la ayuda a Haiti? Agotador, ¿no? Rita vive así, apurada, corriendo para llegar de un lugar a otro. Piensa que si algo de lo que ella se propone no se cumple lo malo va a ocurrir: sea salir a las 8:16 a.m. o lavar todos los platos con mucha espuma o ponerse las botas correctas.



Pensamientos abrumadores, ramitas que le crecen entre las neuronas y le salen hojas, algunas hasta tienen flores. Así vive, pasan los días y se empieza a sentir un poco decaída, le duele la panza, la cabeza, no duerme. Rita somatiza. Todo lo que le cuentes le atraviesa el cuerpo, no puede pasar un día sin un pequeño dolorcito. Si tenés la suerte de que sea tu amiga, todo lo que le cuentes ella lo imagina y tridimensiona con efectos especiales y todo. Es divertida, dentro de todo.



Un día la hermana le contó una anécdota. Rita sin escuchar del todo la situación –porque además ella tiene ansiedad-, comenzó a dar consejos, avisos, llamados de atención para su amiga que tan solo le contaba una pelea casi normal de cada día. Rita aconseja. No puede pasar un momento sin meterse y dejar su legado tan preciado. Como si ella tuviera la perla de la sapiencia y el Universo le susurra verdades que a nadie más le son confiadas. Y sí, Rita se la cree un poco. Saca a relucir los libros que leyó, frases que anotó y consejos de su padre que ha escuchado en alguno de sus sermones domingueros. Rita quiere saber, no quiere ser inculta. Quiere conocer sobre todos los temas. Quiere ser una persona que acota cosas interesantes y profundas. Rita es así. Es buena piba, es de buena madera, no vayan a pensar mal.



Rita imagina un mundo peor, sí, uno peor que este. Porque para pensar en uno mejor tiene que hacer un esfuerzo tan grande que lo deja para los días en que duerme ocho horas de corrido. Ese día pidan un deseo, porque andá a saber cuándo se repite.


Ella se imagina que no hablará más con su abuelo de temas trascendentes, que no hallará conexión con sus padres ni con sus hermanos el día en que todos crezcan. Eso es lo peor para ella. Porque le molestan las conversaciones cotidianas del tipo: qué vamos a comer, qué hay para tomar, qué remera te compraste, qué te hiciste en el pelo y ese tipo de cosas.


Rita quiere leer, quiere que le hablen de libros buenos, de libros que elevan el ser hacia las nubes. Esos libros que te hacen volar de acá. De la gente que no entiende nada, de gente que no usa la lógica para manejarse, de los que hablan sandeces, de los que molestan y no dejan vivir en paz, de los que exigen y no dan, de los que dan y no se valoran. Puf, cómo le molestan esas cosas. Rita se irrita.



Pero ¿cuándo disfruta Rita? Cuando lee, ya lo dije.


 ¿Y además? Cuando anda en bicicleta, cuando tiene tiempo para dormir, para estar con su amor, con sus dos o tres amigas de verdad, y listo. Ah, hay algo más: ¿sabés cuándo disfruta y se sale de la vaina? Cuando dice lo que piensa y puede hablar; cuando le preguntan y cuando la escuchan, la miran y la nombran bien: Rita. Bien pronunciado. Ahí ella no se irrita. Se siente viva, con sentido. La notaron, la vieron y la llamaron por su nombre. Así es ella, así de simple y compleja. Porque Rita también exagera. Ella es buena amiga, quiere mucho a su mascota y ama a su pareja. Tiene tanta risa para regalar que a veces se le escapa en lugares inadecuados. La miran raro, pero no importa porque le gusta hacer reír y contagiar sonrisas. Exagera la risa y exagera el llanto. Cuando llora Rita, agarráte Catalina. Si se le exige mucho, si se pretende que ella esté en la misa y en la procesión no esperes que sonría, más bien va a llorar y la vas a oír. No la presiones porque los volcanes siempre pueden estallar.



Las catástrofes que elucubra su mente nunca suceden. Una vez, contrató a un par de físicos nucleares para que den cuenta de los hechos que la rodean y, al fin, corroborar que tenía razón. Pero para su asombro, los resultados arrojados fueron que salir dos minutos después no produce el fuego de mil dragones sobre el Obelisco ni un maremoto japonés que cubre el país (Nota: el maremoto japonés sería el conjunto de todas las letras –o figuras- japonesas, que como se las olvidaron en remojo tanto tiempo, hicieron brotar un mar loco y alborotado que podría inundar toda la Argentina).



Rita es buena amiga, no vayas a creer. Se la pasa pensando en sus seres queridos, los quiere y los perdona. Los quiere matar también, no todas las veces, agradece haber aprendido mucho de ellos y se agradece a sí misma el poder desaprender tantas cosas que no le gustan.


Si por casualidad te cruzás a Rita por ahí, no le digas que te conté todo esto. Vos piola, hacéte el sota, como si nada, silbando bajito… a ver si hacemos despertar a algún dragón.  




sábado, 11 de julio de 2015

Despedir



despedir.
(Del lat. expetĕre).
1. tr. Soltar, desprender, arrojar algo. Despedir el dardo, la lanza, la piedra.
2. tr. Difundir o esparcir. Despedir olor, rayos de luz.
3. tr. Apartar o arrojar de sí algo no material.
4. tr. Alejar, deponer a alguien de su cargo, prescindir de sus servicios. Despedir al criado, las tropas. U. t. c. prnl.
5. tr. Dicho de una persona: Apartar de sí a alguien que le es gravoso o molesto.
6. tr. Acompañar durante algún rato por obsequio a quien sale de una casa o un pueblo, o emprende un viaje.
7. tr. Dicho de una costa, de un cabo o de una punta: Extender hacia el mar algún arrecife u otro obstáculo.
8. prnl. Hacer o decir alguna expresión de afecto o cortesía para separarse de alguien.
9. prnl. Renunciar a la esperanza de poseer o alcanzar algo. Despídete de ese dinero.
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¿Qué sensación te produce escuchar o leer la palabra despedir? A mí, una no muy buena. Rara, como si la tristeza me diera una palmadita en la espalda.
Me di cuenta de cuántas despedidas hay en nuestra vida, veamos estas expresiones: chau, adiós, hasta luego, hasta siempre, hasta nunca, nos vemos, hasta mañana, buen fin de semana, son bastante comunes. Algunas las decimos casi a diario, otras en momentos especiales.

¿Por qué percibo que la tristeza me da una palmadita en la espalda cuando leo la palabra despedir? Es porque mi mente evoca una imagen triste: el entierro de mi mamá. Esa fue una despedida, un hasta siempre. Porque, aunque no la vea, ella vive en mi memoria. Ese ritual del adiós a un ser querido que fallece, es uno de los más dolorosos. Creo que uno se llora a sí mismo, porque se queda solo.

Eso es solo una parte de mi historia. Cuando cumplí veinte años, decidí que me iba a independizar, me fui de mi casa hasta hoy. Me despedí de la gente que me rodeaba: mi papá, mi hermana y amigos. Me parece que no hicimos ninguna despedida importante, solo un chau a todos y me fui. El ritual en este caso fue rápido. Nunca más volví a mi casa, armé mi camino en estas tierras y decir adiós tuvo un costo importante. Valió la pena, fue para crecer, madurar y ser quien soy ahora.

También recuerdo mi despedida de soltera. Ese es otro ritual, muy divertido donde entre amigas se dice hasta nunca a la soltería (qué miedo). De un estado civil se pasa a otro y ya no se puede volver al anterior. Es bueno recordar que toda despedida tiene una consecuencia cuando se alejan situaciones, personas o estados civiles. Es una forma de reescribir nuestra vida.

Cuando pronunciamos la expresión de despedida, eso es despedirse. Que lo diga ya tiene un peso en la realidad que exige su cumplimiento. Muchas veces, al hablar por teléfono decimos chau a un amigo y nos quedamos charlando media hora más. Pero tarde o temprano se ejecuta esa sentencia que marcó solo una palabra: chau.

 Hay una costumbre, quizás venga de los europeos, de saludar en la puerta al que se va. Casi todos los veranos de mi vida los pasé en Misiones, en casa de mis abuelos. Cuando llegaba el día en que nos teníamos que volver a Buenos Aires, nos saludábamos todos dentro de la casa: abrazos y besos. Después, nos subíamos al auto y ellos se quedaban en el portón agitando las manos, con forma de ochos en el aire, despidiéndose mientras el auto se alejaba, miraban cómo nos íbamos achicando en el horizonte. Este ritual trata de prolongar la presencia de los demás la mayor cantidad de tiempo posible. Mientras te veo no te fuiste del todo.

¿Te pasó, alguna vez, que tenías visitas en tu casa y no se iban más? Se hicieron las 2 a.m., tus hijos no se duermen, vos no das más de sueño, pero los invitados están con un entusiasmo contando las mil y una aventuras que vivieron cuando se les rompió el caño de la cocina. Qué insoportable. ¿Cómo hacer para que se vayan? No querés ser descortés, es gente que cae bien, solo tenés sueño. No podés pronunciar ninguna de las expresiones de la despedida. Entonces, empezás a caminar, a juntar la mesa, a lavar los platos, a barrer, vas al baño, te sacás el maquillaje, bueno un poco exagerado lo mío, pero algo así. Este tipo de situaciones tienen arreglo, si hay confianza se blanquea que uno tiene sueño y listo.

Me pregunto qué sucede con personas que pululan a nuestro alrededor y a las que queremos decirles un HASTA NUNCA enorme, y no nos sale. ¿Qué hay de situaciones agobiantes a las que les decimos chau, pero con cara de hasta mañana? Y se repiten y se repiten. ¿Qué rituales debemos realizar, con humo, con palabras mágicas, danzas o polvos de colores para que nos apartemos de lo que nos daña? A veces, no alcanzan las palabras para que se efectivice el adiós. Tal vez necesitemos saludar desde la puerta hasta asegurarnos de que esa figura se esfumó en el horizonte.

A cada circunstancia le cabe mejor alguna expresión depende de lo que necesites: soltar, desprenderte, arrojar con violencia, difundir, esparcir, apartar, alejar, deponer a alguien de un pedestal, decir en voz alta la palabra de separación de alguien o renunciar a la esperanza de que algo cambie mágicamente, sin una intervención de tu parte.
La idea de algunas despedidas es mantener una sana distancia para luego volver a acercarnos. Hacer lugar para nuevas situaciones y experiencias. Otras veces, un hasta nunca o un hasta siempre son adecuados. 

Escuchemos nuestra intuición para no traicionarnos, ya lo dijo Cerati en una de sus preciosas canciones: “Poder decir adiós es crecer”. Después de todo, sin despedidas no hay bienvenidas.